Manifiesto Panamericano
Nuestra misión es engrandecer América.
Engrandecerla no para contemplar su grandeza desde lejos, sino para que esa grandeza llegue a la vida concreta de sus pueblos: al trabajador, al estudiante, al campesino, al científico, al empresario, al creador, al niño que nace sin oportunidades y al hombre cuya voluntad ha sido quebrada por la pobreza, la violencia, la corrupción o el abandono.
Venimos a combatir la impotencia histórica.
Durante demasiado tiempo, innumerables pueblos americanos han vivido atrapados entre la dependencia, el atraso, la improvisación política y la incapacidad de convertir sus enormes recursos humanos y materiales en poder efectivo. Continentes enteros pueden poseer riquezas y, sin embargo, permanecer débiles. Naciones enteras pueden proclamarse libres y, sin embargo, carecer de la fuerza necesaria para decidir verdaderamente su destino.
Nosotros queremos cambiar esa historia.
Venimos a traer reforma donde la reforma sea posible y transformación donde la transformación sea necesaria. Venimos a mover los engranajes que parecían inmóviles, a construir los que todavía no existen y a poner nuevamente en marcha las energías profundas de América.
No aspiramos a administrar la decadencia.
Aspiramos al renacimiento.
El Imperialismo Panamericano propone una vía de desarrollo acelerado capaz de transformar la estructura material, tecnológica, científica, educativa e industrial del continente. Porque la política pierde su dignidad cuando olvida al ser humano concreto.
No podemos hablar de grandeza mientras exista hambre.
No podemos hablar de civilización mientras millones carezcan de educación.
No podemos hablar de libertad cuando la pobreza convierte la existencia en una sucesión de imposibilidades.
No podemos hablar de futuro mientras nuestros jóvenes tengan que abandonar sus países porque sus países fueron incapaces de ofrecerles un futuro.
Nuestra idea de poder comienza precisamente allí.
En la boca del hambriento.
En la sed del que no tiene agua.
En el frío de quien carece de abrigo.
En la enfermedad que pudo haberse curado.
En el talento que nunca encontró una escuela.
En la inteligencia que jamás encontró un laboratorio.
En la voluntad que fue apagándose porque alrededor suyo todo parecía decirle que nada podía cambiar.
Especialmente por quienes no tienen voz buscamos la verdad.
El Imperialismo Panamericano quiere ser la potencia de todo americano que reclama fuerza y justicia; de todo aquel que alguna vez sintió su voluntad disminuida por el sufrimiento; de quienes fueron abandonados por instituciones incapaces, sometidos por estructuras corruptas o condenados a vivir por debajo de las posibilidades de su propia humanidad.
Conocemos demasiado bien esa historia.
La historia de nuestras sociedades está llena de hombres y mujeres a quienes se pidió paciencia cuando necesitaban justicia; resignación cuando necesitaban oportunidades; silencio cuando necesitaban representación.
Por ellos levantamos nuestra voz.
Pero nuestra doctrina no nace únicamente de la indignación.
Nace de una convicción.
América posee las condiciones para convertirse en uno de los grandes centros de poder, conocimiento y creación de la historia humana.
Nuestro continente reúne una extraordinaria diversidad de pueblos, recursos naturales, culturas, territorios, capacidades productivas, universidades, industrias, océanos, fuentes energéticas, reservas alimentarias y millones de inteligencias todavía insuficientemente conectadas entre sí.
Lo que nos ha faltado no es potencial.
Nos ha faltado dirección.
Por eso defendemos la libertad y el desarrollo de las naciones americanas, pero rechazamos la idea de que la fragmentación permanente constituya necesariamente la forma más elevada de libertad.
Una nación aislada puede ser formalmente soberana y materialmente débil.
Un continente articulado puede convertir muchas debilidades separadas en una fuerza común.
Estamos entrando en una época en la que el poder mundial volverá a depender de grandes espacios capaces de organizar ciencia, industria, energía, tecnología, defensa, infraestructura, conocimiento y población alrededor de proyectos históricos comunes.
Frente a esta transformación, América debe elegir.
Puede permanecer como una suma dispersa de economías, intereses y Estados que compiten entre sí mientras otros centros de poder diseñan el futuro.
O puede comenzar a pensarse como continente.
Nosotros elegimos lo segundo.
Queremos construir un centro continental de producción científica, tecnológica, industrial, cultural, política e ideológica capaz de participar en la conducción del siglo XXI.
No buscamos borrar las naciones.
Buscamos multiplicar su fuerza.
No buscamos destruir las identidades.
Queremos que dialoguen dentro de una arquitectura superior.
No buscamos uniformidad.
Buscamos coordinación.
No queremos que Perú deje de ser Perú, que México deje de ser México, que Brasil deje de ser Brasil, que Estados Unidos deje de ser Estados Unidos, que Argentina deje de ser Argentina o que ninguna otra nación americana renuncie a aquello que la hace singular.
Queremos algo más ambicioso:
que cada nación pueda seguir siendo ella misma y, al mismo tiempo, participar de una fuerza continental que ninguna podría construir por separado.
A eso llamamos Imperialismo Panamericano.
Nuestro imperialismo es crítico.
Y es crítico porque no acepta la palabra imperio como una reliquia que deba ser adorada ni como una condena que deba ser rechazada sin examen.
La somete a juicio.
Examina sus formas históricas, sus contradicciones, sus conquistas y sus crímenes. Rechaza la dominación arbitraria, el desprecio entre pueblos y la explotación convertida en doctrina. Pero reconoce una verdad que la ingenuidad política suele olvidar:
toda civilización que quiera sobrevivir necesita organizar poder.
El problema fundamental no consiste en preguntar si existirá poder.
Siempre existirá.
La verdadera pregunta es qué poder, para quién, bajo qué límites y con qué propósito.
Nuestro propósito es que la acumulación de fuerza continental produzca más libertad, más conocimiento, más prosperidad y mayores capacidades para los pueblos que participan de ella.
Queremos una América capaz de producir lo que consume, investigar lo que necesita, defender lo que construye y crear aquello que todavía no existe.
Una América capaz de alimentar a sus pueblos antes de exportar abundancia.
Capaz de formar científicos y ofrecerles laboratorios.
Capaz de formar ingenieros y ofrecerles industrias.
Capaz de educar ciudadanos y ofrecerles instituciones dignas de su inteligencia.
Capaz de transformar sus materias primas en conocimiento, sus recursos en tecnología y su población en poder creador.
Queremos que nuestros países dejen de competir por administrar escasez y comiencen a cooperar para producir abundancia.
Aquí aparece lo que denominamos dialéctica continental.
El continente no es una pieza inmóvil sobre un mapa.
Es un sistema vivo de fuerzas.
Sus Estados, regiones, pueblos, economías e instituciones constituyen partes que cooperan, chocan, se transforman y redefinen permanentemente sus relaciones tanto dentro como fuera de América.
La dialéctica continental estudia precisamente ese movimiento: las relaciones internas entre las partes americanas y las relaciones externas del continente con los demás centros de poder mundial.
Comprender esa dialéctica significa comprender que ninguna nación americana existe completamente aislada.
Una crisis energética modifica industrias.
Una revolución tecnológica altera mercados laborales.
Una nueva infraestructura transforma regiones enteras.
Una decisión comercial reorganiza cadenas productivas.
Una innovación científica puede cambiar el destino de millones.
Las partes modifican al conjunto y el conjunto modifica a las partes.
Nuestra tarea política consiste en convertir ese movimiento disperso en dirección histórica.
Porque un continente no se vuelve grande por accidente.
Se vuelve grande cuando aprende a organizar su inteligencia.
Cuando transforma conocimiento en capacidad.
Capacidad en producción.
Producción en bienestar.
Bienestar en libertad.
Y libertad en civilización.
No prometemos un paraíso.
Prometemos trabajo.
No prometemos que desaparecerán los conflictos.
Prometemos enfrentarlos con inteligencia.
No prometemos que una doctrina resolverá por sí sola los problemas de quinientos años.
Prometemos algo más serio:
pensar a la altura de esos problemas.
Queremos convocar a una generación dispuesta a dejar de preguntar únicamente qué puede obtener de América y comenzar a preguntarse qué puede construir para ella.
Una generación de científicos, trabajadores, intelectuales, empresarios, artistas, agricultores, ingenieros, militares, profesores, estudiantes y ciudadanos capaces de reconocerse como arquitectos de una empresa histórica común.
Nuestro horizonte no termina en una elección.
No termina en un gobierno.
No termina siquiera en una generación.
Pensamos en décadas.
Pensamos en siglos.
Pensamos en ciudades que todavía no existen, industrias todavía no fundadas, descubrimientos todavía no realizados y generaciones de americanos que algún día mirarán hacia atrás y preguntarán qué hicimos nosotros cuando tuvimos la oportunidad de cambiar el rumbo.
Nuestra respuesta debe estar a la altura de esa pregunta.
Hicimos que América volviera a creer en su propia fuerza.
La organizamos.
La multiplicamos.
La pusimos al servicio de sus pueblos.
Y cuando el mundo volvió a reorganizarse, América no permaneció esperando que otros escribieran su destino.
Tomó la palabra.
