Perú, entre Estados Unidos y China

file 0000000088b481f4aa0203c9b2420555

·

Estamos presenciando, una vez más, la disputa entre las dos grandes potencias del mundo. Recuerda en parte a la Guerra Fría, aunque el enfrentamiento central hoy es entre Estados Unidos y China.

Es, sobre todo, una disputa comercial. A diferencia de la confrontación con la Unión Soviética, el componente militar es mucho menos directo. En la Guerra Fría la pugna fue fundamentalmente militar y llegó hasta el espacio.

Uno de los escenarios de esa disputa es Hispanoamérica. En el caso peruano, China ha adquirido una presencia económica cada vez mayor, con su inversión más visible en el puerto de Chancay. Estados Unidos, por su parte, ha buscado reforzar su presencia política y estratégica, por ejemplo con la asesoría para la modernización de la Base Naval del Callao. La competencia se ha extendido también al ámbito empresarial.

Esto debe leerse en el contexto de la política del gobierno de Donald Trump. Estados Unidos está retomando una mirada hacia el continente que recuerda a la Doctrina Monroe —América para los americanos—, aunque en un contexto muy distinto. La diferencia principal es China, que ha ocupado espacios que durante décadas fueron casi exclusivos de Washington, y Estados Unidos ha empezado a reaccionar.

En Hispanoamérica esa reacción coincide con un giro a la derecha en países como Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y Chile, además de la situación particular de Venezuela. Se ha configurado así una mayor coordinación política con Washington. Los argumentos más visibles tienen que ver con la lucha contra la inseguridad, el narcotráfico y otros problemas regionales. Pero, en el fondo, está China. Esa es la cuestión de fondo: para Estados Unidos, el principal enemigo es China.

Eso se ve incluso en el discurso diplomático. Hemos visto a Marco Rubio y al embajador estadounidense en el Perú, Bernie Navarro, por un lado, y a representantes de la embajada china por otro, intercambiando críticas y señalando las debilidades del otro. En buena medida, ambos tienen argumentos atendibles.

Durante varios años fui entusiasta de la presencia china en Sudamérica, y en parte lo sigo siendo. Me interesaba por razones económicas, pero sobre todo políticas: creía que podía contribuir a una mayor integración hispanoamericana. El proyecto del tren transoceánico apuntaba en esa dirección. El puerto de Chancay podía ser mucho más que un punto de intercambio comercial con China; podía convertirse en un elemento de conexión con Brasil. Incluso Chile tendría que acomodarse a esa nueva realidad. Era una posibilidad de liderazgo compartido entre Brasil y Perú. No se dio, por factores ideológicos, conflictos internacionales y cambios políticos.

Mi percepción ha cambiado. Estados Unidos ha reaccionado y eso modifica el escenario para países como el nuestro. Mantiene con nosotros una relación de potencia, necesariamente jerárquica y vertical. Esa relación, por lo pronto, no va a desaparecer.

Pero esa competencia también abre una oportunidad: que lleguen al Perú más inversiones, infraestructura, tecnología y transferencia de conocimiento. Es posible que empresas estadounidenses aumenten su presencia justamente para competir con China.

Y considero positivo que la inversión china esté aquí. A diferencia de la derecha antichina, creo que su presencia nos conviene económicamente. China es nuestro principal socio comercial y eso nos puede dar una mejor posición de negociación frente a Estados Unidos.

Tampoco comparto la visión conservadora de que Estados Unidos representa el bien y China el mal, como si unos encarnaran la libertad y los otros lo contrario. Nunca me he tragado ese cuento. Reconozco que existen diferencias culturales y políticas importantes. Filosóficamente estamos más cerca de Estados Unidos por nuestra tradición cristiana, aunque ellos sean mayoritariamente protestantes, y la distancia cultural con China es mayor. Pero una cosa es reconocer esas diferencias y otra pensar que el Perú debe alinearse automáticamente con una de las dos potencias.

Por eso conviene que China mantenga una presencia importante. Puede ponerle ciertos límites a Estados Unidos y, de alguna manera, forzarlo a invertir más y mejor.

Esto no significa que podamos negociar en igualdad de condiciones. La realpolitik no funciona así. Pero sí podemos negociar desde una posición algo mejor.

Para eso se necesita muñeca política. Y creo que el Perú está haciendo, quizás sin proponérselo, algo que puede resultar inteligente: mantenerse como socio político importante de Estados Unidos y, al mismo tiempo, como socio económico importante de China.

Hasta ahora eso ha permitido mantener relativamente separados ambos vínculos. La relación política con Washington no ha impedido que China siga desarrollando sus intereses económicos, y mientras sus inversiones no sean afectadas, Beijing tiene pocos incentivos para entrar en una confrontación política.

El que tiene más motivos para estar incómodo es Estados Unidos.

Ahí es donde necesitamos muñeca. Si Washington quiere competir con Beijing por presencia económica en el Perú, debería invertir más y de una manera que realmente beneficie nuestro desarrollo. No me refiero solo a minería u otras inversiones extractivas de economía primaria. Me refiero a infraestructura, tecnología, conocimiento y transferencia tecnológica. Sería positivo que empresas como Google, Amazon o Apple aumentaran su presencia y que, en algunos sectores, esa competencia superara a la inversión china. Eso, a su vez, podría incentivar a China a invertir todavía más.

Para que funcione hace falta una política peruana que sepa qué quiere obtener de esa competencia. Perder cualquiera de los dos vínculos sería un error.

Mi posición hoy es distinta a la de hace algunos años. Antes veía la presencia china sobre todo como una oportunidad para la integración sudamericana. Hoy creo que el elemento central es otro: la competencia entre Estados Unidos y China puede ser aprovechada por el Perú si se maneja con inteligencia.

La cuestión, al final, es muy sencilla: la prioridad debe ser el Perú.

No Estados Unidos. No China.

Si al Perú le conviene estar con China, que esté con China. Si le conviene estar con Estados Unidos, que esté con Estados Unidos. Si le conviene estar con ambos, que esté con ambos. Y si alguna vez le conviniera no estar con ninguno, también debería poder decidirlo.

La política exterior peruana tiene que partir de una sola pregunta: qué le conviene al Perú.